domingo, 6 de noviembre de 2016

Vaivén

La luna iluminaba con su manto perlino la suave estela de delicadas olas que la barcaza de Amador iba dejando en su travesía por alejarse de la segura orilla, para adentrarse, poco a poco, en la oscuridad misteriosa de aquel inmenso y mágico mar.
Tras un breve interludio entre el motor y la superficie del mar, Amador llegaba a aquel punto que solo su alma era capaz de encontrar noche a noche, aquel punto sin señal alguna en el firmamento y mucho menos el menor rastro de una marca en aquel constante oleaje que mecía el bote al motor detener su porfiado andar, aquel punto que unía mágicamente a Amador y su amado mar.
Aquel mágico punto era donde todas las noches, justo antes de arrojar su red y en medio del vaivén constante del bote, Amador era todo aquello que la cruel realidad le había arrebatado por siempre y que por un momento, por un breve momento su amado mar le permitía ser a plenitud, a totalidad. Era él, el mar y sus sueños.

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