La luna iluminaba
con su manto perlino la suave estela de delicadas olas que la barcaza
de Amador iba dejando en su travesía por alejarse de
la segura orilla, para adentrarse, poco a poco, en la oscuridad
misteriosa de aquel inmenso y mágico mar.
Tras un breve interludio entre el
motor y la superficie del mar, Amador llegaba a aquel punto que solo
su alma era capaz de encontrar noche a noche, aquel punto sin señal
alguna en el firmamento y mucho menos el menor rastro de una marca en
aquel constante oleaje que mecía el bote al motor detener su
porfiado andar, aquel punto que unía mágicamente a Amador y su
amado mar.
Aquel mágico punto era donde todas
las noches, justo antes de arrojar su red y en medio del vaivén
constante del bote, Amador era todo aquello que la cruel realidad le
había arrebatado por siempre y que por un momento, por un breve
momento su amado mar le permitía ser a plenitud, a totalidad. Era
él, el mar y sus sueños.
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