El ardiente fuego abrasaba sin
clemencia la estoica piedra postrada, sumisa, sobre la tierra. A lo
lejos, poco a poco, una suave brisa cobraba fuerza y velocidad. El
aire se cargaba de humedad. El agua era arrastrada desde la fuente
sagrada del antiguo altar hasta el mismo lugar donde yacía la
abrasada roca. Lentamente la conjunción de todos los divinos
elementos fue agrietando la piedra, resquebrajándola, domando su
originaria fuerza, abriéndola profundamente y de sus entrañas salió
un viscoso y rojizo ungüento, era el icor de vida, la fuerza
prístina misma que dió esencia a lo que hoy somos...humanos.
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