domingo, 6 de noviembre de 2016

La vida

El ardiente fuego abrasaba sin clemencia la estoica piedra postrada, sumisa, sobre la tierra. A lo lejos, poco a poco, una suave brisa cobraba fuerza y velocidad. El aire se cargaba de humedad. El agua era arrastrada desde la fuente sagrada del antiguo altar hasta el mismo lugar donde yacía la abrasada roca. Lentamente la conjunción de todos los divinos elementos fue agrietando la piedra, resquebrajándola, domando su originaria fuerza, abriéndola profundamente y de sus entrañas salió un viscoso y rojizo ungüento, era el icor de vida, la fuerza prístina misma que dió esencia a lo que hoy somos...humanos.

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