Agazapados
en medio de la ciudad,
hermosos,
silentes y misteriosos,
en
rincones, bares y plazoletas
acechan
a su cotidiana presa.
Con
furiosa hambre de sexo y lujuria
ansían
la llegada de su nueva víctima.
Como
hermosas odaliscas
bailan
la danza de ancestral pasión.
Con
sus sedosos velos
envuelven
al incauto viajero.
Su
dulce y melodiosa voz
embriaga
al más devoto abstemio.
Las
pobres almas de amor en pena
caen
en su dulce maraña.
Ellos,
suntuosos y exuberantes,
posan
sobre ellas su mágica mirada.
Inoculan,
lentamente,
su
dulce e incurable veneno.
Poco
a poco un agradable calor
se
apodera de nuestra razón.
Involuntarios
se hacen
todos
nuestros movimientos.
Avanzamos
sin querer detenernos
adentrándonos
en sus terrenos.
En
una vorágine de amor
nos
envuelven con loco fulgor.
Nos
poseen y deleitan a la vez
cual
moderna Afrodita,
que
vive en un ceniciento cuento
de
diaria lucha celestial.
Cuando
nos liberan
solo
sentimos una enorme ansia
de
que el astro señorial,
nuevamente,
se vuelva a ocultar
para
así volver a empezar
el
eterno juego de nunca acabar.
Presas
hemos sido todos
de
aquellos inolvidables...
“Ojos
negros”.
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