Como todas las mañanas estaba sentado en el pórtico de su vetusta
casa. La taza de café en la misma mesa donde su Underwood portátil
esperaba paciente, silente, un nuevo trazo de genialidad; como el de aquel
romántico relato en el que al final debió decir adiós a las armas,
y que se le había vuelto esquivo desde la época en la que París
dejó de ser una fiesta.
Escrutaba con su muy cansada vista el horizonte verde esmeraldino de
aquel mar Caribe que tanto amaba, y a lo lejos pudo divisar un viejo
unido al mar por un pequeño bote donde resaltaba el ya cadavérico
espinazo de lo que debió ser un gran pez, y a la vez una gran lucha
entre el hombre y la naturaleza.
A lo lejos escuchó un tañer de campanas y apresuró el café, guardo la maquina y salió, ya que esta vez sí sabía, y sabía muy bien, por
quien doblaban esas campanas.
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