domingo, 6 de noviembre de 2016

Doblan por ti

Como todas las mañanas estaba sentado en el pórtico de su vetusta casa. La taza de café en la misma mesa donde su Underwood portátil esperaba paciente, silente, un nuevo trazo de genialidad; como el de aquel romántico relato en el que al final debió decir adiós a las armas, y que se le había vuelto esquivo desde la época en la que París dejó de ser una fiesta.
Escrutaba con su muy cansada vista el horizonte verde esmeraldino de aquel mar Caribe que tanto amaba, y a lo lejos pudo divisar un viejo unido al mar por un pequeño bote donde resaltaba el ya cadavérico espinazo de lo que debió ser un gran pez, y a la vez una gran lucha entre el hombre y la naturaleza.
A lo lejos escuchó un tañer de campanas y apresuró el café, guardo la maquina y salió, ya que esta vez sí sabía, y sabía muy bien, por quien doblaban esas campanas.

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