Son las seis de la mañana y me apresto a tomar la calle, son un poco
más de diez cuadras para llegar al SRI, la Sala de Rehabilitación
Integral que nuestro líder y Comandante creó con la ayuda
inconmensurable del amado pueblo cubano que nos ha enviado a sus
extraordinarios médicos para sanar a un pueblo por más de cinco
décadas adolorido en cuerpo y alma.
Llego, la cola no es larga, apenas siete viejitos y Mirabel están
antes que yo. Me siento en el siguiente puesto libre y saludo.
Mirabel me mira y pregunta por mi madre, le respondo que ha mejorado
inmensamente con las mágicas manos de su prometido, el gran Fidel.
En este punto del relato me detengo en la sucesión cronológica para
indicarles a mis pacientes lectores que Mirabel es la sobrina de
Magda, una viejecita que al resbalar en la calle se dislocó su
hombro izquierdo y ha necesitado rehabilitación por casi ya dos
meses; Mirabel viene muy de temprano a agarrar puesto para su tía,
mismo caso que el mío ya que es mi vieja madre de ochenta años
quien necesita rehabilitación en su brazo derecho y al igual que
Mirabel yo también llego temprano para tomar puesto por mi madre y
así no hacerla madrugar. También quiero acotar, antes de proseguir
el relato, que Mirabel se enamoró perdidamente de uno de los
fisioterapeutas cubanos de nombre Fidel y están próximos a casarse.
Entra Fidel a la sala, viene a saludar a su prometida y
posteriormente me saluda, se retira ya que debe preparar las salas
para la rehabilitación de los cientos de viejitos que encontraron en
esa milagrosa misión bolivariana de “Barrio Adentro” una panacea
para lograr solventar sus casi milenarias dolencias. Entra a la sala
Marcelo, un viejo chavista que necesita rehabilitación en un tobillo
y me pregunta por mi muy “escuálida” madre -aclaro que el
término escuálido en mi país, Venezuela, es utilizado para nombrar
a un opositor visceral a nuestra amada revolución-, le respondo que
no ha de tardar en llegar ya que casi son las siete y es la hora en
la que ella suele llegar; Marcelo me escruta con socarrona mirada y
lanza al vuelo su eterna frase diaria: “como ha de sufrir esa
señora que tanto odia a la revolución y a los cubanos poniéndose
en las manos del mismísimo Fidel, jajaja”. En eso entra mi madre a
la sala, se hace el silencio, Marcelo intuye el suceso y voltea, mi
madre lo mira con ira y lo señala para sentenciar: “con Fidel NO
te metas, ese muchacho es un SANTO”, reímos todos los de la sala y
Marcelo toma asiento.
Se inicia la danza de los adoloridos viejitos para buscar el alivio
en las foráneas manos que aquí con amor los ayudan. Termina la
sesión de mi madre, Fidel la acompaña hasta la puerta y la despide
con un beso. Vamos juntos de regreso a la casa, después de
preguntarle hasta el más mínimo detalle de su rehabilitación y de
sus actuales dolores, me mira a los ojos y dice: creo que los cubanos
no son tan malos como parecen, por lo menos este Fidel es un ángel.
Ya para terminar la historia, Mirabel y Fidel se casaron -mi madre
hasta un regalo de bodas le dio- ambos regresaron a Cuba ya que el
periodo de ayuda de Fidel expiró, y si bien mi madre aún es una
recalcitrante escuálida y odia a muerte a la revolución tanto
bolivariana como cubana, ahora cuando oye el nombre de Fidel una
dulce sonrisa se dibuja en su cansado rostro de mujer.
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