jueves, 11 de junio de 2015

Fidel

Son las seis de la mañana y me apresto a tomar la calle, son un poco más de diez cuadras para llegar al SRI, la Sala de Rehabilitación Integral que nuestro líder y Comandante creó con la ayuda inconmensurable del amado pueblo cubano que nos ha enviado a sus extraordinarios médicos para sanar a un pueblo por más de cinco décadas adolorido en cuerpo y alma.
Llego, la cola no es larga, apenas siete viejitos y Mirabel están antes que yo. Me siento en el siguiente puesto libre y saludo. Mirabel me mira y pregunta por mi madre, le respondo que ha mejorado inmensamente con las mágicas manos de su prometido, el gran Fidel. En este punto del relato me detengo en la sucesión cronológica para indicarles a mis pacientes lectores que Mirabel es la sobrina de Magda, una viejecita que al resbalar en la calle se dislocó su hombro izquierdo y ha necesitado rehabilitación por casi ya dos meses; Mirabel viene muy de temprano a agarrar puesto para su tía, mismo caso que el mío ya que es mi vieja madre de ochenta años quien necesita rehabilitación en su brazo derecho y al igual que Mirabel yo también llego temprano para tomar puesto por mi madre y así no hacerla madrugar. También quiero acotar, antes de proseguir el relato, que Mirabel se enamoró perdidamente de uno de los fisioterapeutas cubanos de nombre Fidel y están próximos a casarse.
Entra Fidel a la sala, viene a saludar a su prometida y posteriormente me saluda, se retira ya que debe preparar las salas para la rehabilitación de los cientos de viejitos que encontraron en esa milagrosa misión bolivariana de “Barrio Adentro” una panacea para lograr solventar sus casi milenarias dolencias. Entra a la sala Marcelo, un viejo chavista que necesita rehabilitación en un tobillo y me pregunta por mi muy “escuálida” madre -aclaro que el término escuálido en mi país, Venezuela, es utilizado para nombrar a un opositor visceral a nuestra amada revolución-, le respondo que no ha de tardar en llegar ya que casi son las siete y es la hora en la que ella suele llegar; Marcelo me escruta con socarrona mirada y lanza al vuelo su eterna frase diaria: “como ha de sufrir esa señora que tanto odia a la revolución y a los cubanos poniéndose en las manos del mismísimo Fidel, jajaja”. En eso entra mi madre a la sala, se hace el silencio, Marcelo intuye el suceso y voltea, mi madre lo mira con ira y lo señala para sentenciar: “con Fidel NO te metas, ese muchacho es un SANTO”, reímos todos los de la sala y Marcelo toma asiento.
Se inicia la danza de los adoloridos viejitos para buscar el alivio en las foráneas manos que aquí con amor los ayudan. Termina la sesión de mi madre, Fidel la acompaña hasta la puerta y la despide con un beso. Vamos juntos de regreso a la casa, después de preguntarle hasta el más mínimo detalle de su rehabilitación y de sus actuales dolores, me mira a los ojos y dice: creo que los cubanos no son tan malos como parecen, por lo menos este Fidel es un ángel.
Ya para terminar la historia, Mirabel y Fidel se casaron -mi madre hasta un regalo de bodas le dio- ambos regresaron a Cuba ya que el periodo de ayuda de Fidel expiró, y si bien mi madre aún es una recalcitrante escuálida y odia a muerte a la revolución tanto bolivariana como cubana, ahora cuando oye el nombre de Fidel una dulce sonrisa se dibuja en su cansado rostro de mujer.

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