Existen tres tipos de personajes
al momento de hablar de historia.
Unos hacen el verbo, de ellos pocos.
Otros viven de la prosa, esos abundan.
Los
menos, los muchos menos
la ven a través de la poesía.
Los que viven del verbo
son
aquellos que a sangre y fuego
trazan
las líneas del histórico juego.
Ellos son protagonistas,
ellos no la leen, ellos la crean,
la
marcan y la pintan del color de sus espadas,
es
decir, de sangre humana,
o
del color de sus ideas,
y
aunque de estos hay muy pocos,
son
los del verbo más humano.
Aquellos que de la prosa viven
son
los que nos han permitido,
muchos
años después,
con
sus rítmicos trazos en lienzos blancos,
conocer
a los dueños del verbo,
sus
andanzas, logros y matanzas.
Nos la presentan en un plato escueto
falto
de vida, falto de emoción
y
muchas veces falto
de verdad.
Pero gracias a ellos aprendemos
los
errores
y los logros
de
aquellos hombres del verbo.
Al
final llega la poesía,
aquella
musa esquiva
que pocas almas dominan
o que muchas veces distorsionan
lo que esta sigilosamente les grita.
Pero raras veces aparece,
en
el irisado firmamento,
un
alma noble y buena
que
es capaz de convertir
aquel
duro verbo,
fríamente
narrado,
en
algo hermoso y bello
que
por todos es admirado.
Pero no son estos seres lo “máximo”
ya
que en su pequeño mundo viven
y
el verbo
tan solo lo matizan
pues
son incapaces de crear
el
más mínimo azar.
La vida siempre trae consigo
algunas peculiaridades,
seres muy singulares
que son capaces de nacer en el verbo,
recorrer su propia prosa
y alcanzar su máximo estado:
“la
poesía”.
Y es de una de esas singularidades
sobre la que versa esta historia,
es
de uno de esos seres
tan,
pero tan especiales,
que
fueron capaces de nacer en el verbo,
escribir
su propia prosa
y
lograr entender que sin poesía
de nada valía trascender.
En medio del duro verbo le tocó
nacer,
aquel que de golpe en golpe,
con
sangre, dolor y lágrimas
teñía
las viejas páginas
de históricos libros
perdidos en la nada
de un tiempo inmemorial
del cual poco se podía salvar.
Pero fue la prosa cierta
de añejos libro empolvados
los
que le enseñaron
la miserable vida
que
Jean Valjean debió vivir
por
un mendrugo de pan.
También
aprendió
a entender
cómo
la condición humana
hizo
que Clappique
traicionara a Kyo
por
un
juego de azar.
Conoció
duramente
cómo
imperios decadentes
las
venas de nuestra América Latina
habían
dejado abiertas.
Y fue así como saltando de libro en
libro
fue
su prosa creando.
Fue domando la palabra,
fue
conjugando los verbos
que
en su azulado libro plasmó
y
que a
nuestras manos entregó.
Y como legado póstumo
su
gran Plan de la Patria,
que
lleno
de verbo y prosa,
a todos distribuyó.
Su gesta ahí no acabó,
pues
un ser especial él era,
porque
entendió lo que de él
su
pueblo espera.
De ahí que su fiero verbo
su
frío acero matizara.
A su seca prosa
su
tinta endulzara.
Y a toda su vida,
a
toda su inmensa gesta,
de
la más pura poesía
plenamente llenara.
Y fue así como aquel hombre
se
transformó en leyenda,
se
trastocó en un músculo,
en
ese que es vital
para el arte de la vida.
Aquel que infunde amor
y
llena de savia a un pueblo.
Aquel que le da coraje
y
una fuerza titánica.
Fue así como aquel ser
pasó
de una vez a ser,
ayer,
hoy y siempre,
el
“corazón de su patria”.
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