sábado, 6 de junio de 2015

Del verbo a la poesía

Existen tres tipos de personajes
al momento de hablar de historia.
Unos hacen el verbo, de ellos pocos.
Otros viven de la prosa, esos abundan.
Los menos, los muchos menos
la ven a través de la poesía.

Los que viven del verbo
son aquellos que a sangre y fuego
trazan las líneas del histórico juego.
Ellos son protagonistas,
ellos no la leen, ellos la crean,
la marcan y la pintan del color de sus espadas,
es decir, de sangre humana,
o del color de sus ideas,
y aunque de estos hay muy pocos,
son los del verbo más humano.

Aquellos que de la prosa viven
son los que nos han permitido,
muchos años después,
con sus rítmicos trazos en lienzos blancos,
conocer a los dueños del verbo,
sus andanzas, logros y matanzas.
Nos la presentan en un plato escueto
falto de vida, falto de emoción
y muchas veces falto de verdad.
Pero gracias a ellos aprendemos
los errores y los logros
de aquellos hombres del verbo.
Al final llega la poesía,
aquella musa esquiva
que pocas almas dominan
o que muchas veces distorsionan
lo que esta sigilosamente les grita.
Pero raras veces aparece,
en el irisado firmamento,
un alma noble y buena
que es capaz de convertir
aquel duro verbo,
fríamente narrado,
en algo hermoso y bello
que por todos es admirado.
Pero no son estos seres lo “máximo”
ya que en su pequeño mundo viven
y el verbo tan solo lo matizan
pues son incapaces de crear
el más mínimo azar.

La vida siempre trae consigo
algunas peculiaridades,
seres muy singulares
que son capaces de nacer en el verbo,
recorrer su propia prosa
y alcanzar su máximo estado:
la poesía”.

Y es de una de esas singularidades
sobre la que versa esta historia,
es de uno de esos seres
tan, pero tan especiales,
que fueron capaces de nacer en el verbo,
escribir su propia prosa
y lograr entender que sin poesía
de nada valía trascender.

En medio del duro verbo le tocó nacer,
aquel que de golpe en golpe,
con sangre, dolor y lágrimas
teñía las viejas páginas
de históricos libros
perdidos en la nada
de un tiempo inmemorial
del cual poco se podía salvar.

Pero fue la prosa cierta
de añejos libro empolvados
los que le enseñaron la miserable vida
que Jean Valjean debió vivir
por un mendrugo de pan.
También aprendió a entender
mo la condición humana
hizo que Clappique traicionara a Kyo
por un juego de azar.
Conoció duramente
cómo imperios decadentes
las venas de nuestra América Latina
habían dejado abiertas.

Y fue así como saltando de libro en libro
fue su prosa creando.
Fue domando la palabra,
fue conjugando los verbos
que en su azulado libro plasmó
y que a nuestras manos entregó.
Y como legado póstumo
su gran Plan de la Patria,
que lleno de verbo y prosa,
a todos distribuyó.

Su gesta ahí no acabó,
pues un ser especial él era,
porque entendió lo que de él
su pueblo espera.
De ahí que su fiero verbo
su frío acero matizara.
A su seca prosa
su tinta endulzara.
Y a toda su vida,
a toda su inmensa gesta,
de la más pura poesía
plenamente llenara.
Y fue así como aquel hombre
se transformó en leyenda,
se trastocó en un músculo,
en ese que es vital
para el arte de la vida.
Aquel que infunde amor
y llena de savia a un pueblo.
Aquel que le da coraje
y una fuerza titánica.
Fue así como aquel ser
pasó de una vez a ser,
ayer, hoy y siempre,
el “corazón de su patria”.

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