jueves, 23 de abril de 2015

Espejo, espejito…


Alan es un hombre feliz, es lo que se diría hoy en día un hombre exitoso. Tiene un gran trabajo como gerente de una corporación mundial, su novia es una modelo exitosa, posee un gran auto el cual cambia año a año, y solo se viste en las mejores sastrerías. Sus noches son un verdadero banquete al placer: mesas repletas de manjares de dioses, matizadas con vinos de excelentes cosechas, postres que serían el paraíso de cualquier pastelero; en fin, Alan es el personaje que todos queremos ser, o…tal vez no.
Alan tiene un secreto, un terrible y pesado secreto, y es su enorme terror a los espejos. Si bien es un hombre que no sería capaz de salir de su casa sin tener un perfecto look, esto lo logra con un valet, el cual se encarga de todo su acicalamiento personal y de ahí su gran alivio al lograr la evasión diaria a su terrible secreto. Pero hoy su valet enfermó y no consigue un posible remplazo, y ya está retrasado para asistir a una importante reunión de trabajo, pero sabe -y lo sabe muy bien- que no se puede enfrentar al espejo, pues es él el único que le grita en su cara su terrible realidad, esa en la cual abandonó su humana estructura de hueso y piel, desecho cualquier dejo de eso que se llama alma y se transformó en un ser frío y rígido de duro e insondable plástico.
 Hoy, todo aquel que lee la crónica roja del diario no puede entender como Alan -el prototipo del éxito- aparezca en primera página asociado a la palabra suicidio. Eso, para el saber de la masa social es imposible de entender..

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