lunes, 15 de julio de 2013

Mi encuentro con Pablo


Mi encuentro con Pablo fue en una clara tarde -la recuerdo bien- en un perdido año allá en la década de los ochenta. Fui de la mano de mi amiga y musa, fui guiado por ella a su encuentro. Él estaba sentado -plácido y sereno- admirando el claro y azulino cielo en uno de los balcones de lectura de la biblioteca central de mi Alma Máter, aquella que en esos tiempos trataba de vencer las sombras. Mi amiga me acercó y nos presentó; yo, con la temeridad propia de un joven rapaz que apenas cruzaba la frontera de los veinte le entregué un pequeño papel, un papel manuscrito con mi más preciado tesoro: con mi primer y gran poema.
Él, muy amistosamente lo tomó, le echó una rápida mirada y me sentenció aquella frase que aún hoy, casi treinta años después, retumba en mi mente cada vez que un poema quiero escribir: “si en poeta te quieres convertir has de saber que de ello nunca podrás vivir, que satisfecho jamás podrás estar, que la felicidad nunca debe posarse plenamente en tu hogar...y para que tan solo un rimador no seas has de buscar con ahínco una veintena de poemas que danzando van a una noble y desesperada canción de amor.”
Dicho esto se desvaneció ante mí su imagen, se convirtió en millones de pétalos alegres de flores silvestres que al ser arrastrados por la cálida brisa que al balcón llegaba se fueron convirtiendo ante mis ojos ,uno a uno, en millones de bellas mariposas multicolores que emprendían el vuelo hacia el Sur, hacia su amado Sur.
Me sosegué, y al serenarme pude ver que mi pobre e inútil papel se había convertido en un libro viejo y muy desgastado, o quizás sea mejor decir, en un gran libro por millones leído cuyo título era: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”.

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