sábado, 12 de marzo de 2016

Cicuta

En los ancestrales tiempos en los cuales los todopoderosos creadores del universo visto y no visto: los Titanes, perdían la cabeza a manos de sus despiadados y ambiciosos hijos, en los helénicos parajes donde dominaba el dios Zeus y sus alocados hermanos, donde los belicosos espartanos y los estadistas atenienses luchaban fratricidas peleas de insensatez y orgullo, un simple y mundano hombre, un anacoreta, transitaba de manera pausada pero infatigablemente toda su prolífica existencia dedicado tan solo a una cosa: el amor supremo por el saber.
Vivió hasta sus ceníceos tiempos, esos en los cuales las respuestas que has buscado de manera afanosa y continua durante toda tu material existencia o se te presentan o las esquivas; y ante la inmensidad de la duda del corolario de lo que fue su vida –el haber entendido que jamás sabrá nada- se colocó de manera inexorable ante el abismo del único fin posible y digno para su tan largo filosófico andar: beber una copa llena con el elíxir mismo creado por el amo de todas las almas desdichadas: el dios Hades, pero ese elíxir no impidió a esta alma iluminada por el prometeico fuego esquivar el oscuro y frío averno del olvido y entrar así al supremo Olimpo de la inmortalidad.

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