En
los ancestrales tiempos en los cuales los todopoderosos creadores del
universo visto y no visto: los Titanes, perdían la cabeza a manos de
sus despiadados y ambiciosos hijos, en los helénicos parajes donde
dominaba el dios Zeus y sus alocados hermanos, donde los belicosos
espartanos y los estadistas atenienses luchaban fratricidas peleas de
insensatez y orgullo, un simple y mundano hombre, un anacoreta,
transitaba de manera pausada pero infatigablemente toda su prolífica
existencia dedicado tan solo a una cosa: el amor supremo por el
saber.
Vivió hasta sus ceníceos tiempos,
esos en los cuales las respuestas que has buscado de manera afanosa y
continua durante toda tu material existencia o se te presentan o las
esquivas; y ante la inmensidad de la duda del corolario de lo que fue
su vida –el haber entendido que jamás sabrá nada- se colocó de
manera inexorable ante el abismo del único fin posible y digno para
su tan largo filosófico andar: beber una copa llena con el elíxir
mismo creado por el amo de todas las almas desdichadas: el dios
Hades, pero ese elíxir no impidió a esta alma iluminada por el
prometeico fuego esquivar el oscuro y frío averno del olvido y
entrar así al supremo Olimpo de la inmortalidad.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario