La historia de un ángel
salvadoreño,
La historia del hombre
aquel
Que su pueblo llamaba:
“Padrecito Romero”.
Era un padre muy bueno,
Peregrino de vientos
nuevos,
Conocedor del dolor de su
suelo,
Enamorado de todo su
pueblo.
Hay que ver que sí era
bueno
Que hasta la caterva del
santo empeño
Lo llamó a la bota, a
entrar en su fuero,
Y de la noche al día,
pasó a ser “Monseñor Romero”.
Pero para su pueblo llano,
Para su gente de abajo,
Para la gente de la vida
en eterno sueño,
Para ellos, jamás dejó
de ser el “Padrecito Romero”.
Y así pasaron los años
Y volvió el padrecito
bueno,
Volvió con auroras y
ampos paños,
Volvió como jefe del
clero.
Y aunque ahora vivía en
palacio,
Su corazón seguía en su
pueblo,
Y aunque el mal lo adulaba
a diario,
El corazón del padrecito
era un corazón bueno.
Volvieron a pasar los
años,
Llegó el tiempo del trueno
Y sus amados salvadoreños
Vivían en un eterno
infierno.
No era el padre un sordo
Y mucho menos un ciego,
Para no sentir el fuego,
Para no oler el odio.
Fue así que el padrecito
Se olvidó de todo el oro,
Tornó en peregrino su
coro
Y a su pueblo se entregó
en serio.
No podía haber ofensa más
alta,
Ni desprecio más bajo,
Para la ralea más alta,
Para los villanos más
bajos.
Fue así “Padrecito
Romero”
Como el supremo llamó,
Y entre tiros, sangre y
clamor,
El padrecito del pueblo,
al recuerdo entró.
Hoy mi canto supremo
No es por el monseñor del
clero,
Hoy mi canto es al sueño
Que me enseñó a vivir,
el “PADRE ARNULFO ROMERO”.

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