sábado, 20 de julio de 2013

Padrecito Romero

  Esta es la historia de un ángel,
La historia de un ángel salvadoreño,
La historia del hombre aquel
Que su pueblo llamaba: “Padrecito Romero”.

Era un padre muy bueno,
Peregrino de vientos nuevos,
Conocedor del dolor de su suelo,
Enamorado de todo su pueblo.

Hay que ver que sí era bueno
Que hasta la caterva del santo empeño
Lo llamó a la bota, a entrar en su fuero,
Y de la noche al día, pasó a ser “Monseñor Romero”.

Pero para su pueblo llano,
Para su gente de abajo,
Para la gente de la vida en eterno sueño,
Para ellos, jamás dejó de ser el “Padrecito Romero”.

Y así pasaron los años
Y volvió el padrecito bueno,
Volvió con auroras y ampos paños,
Volvió como jefe del clero.

Y aunque ahora vivía en palacio,
Su corazón seguía en su pueblo,
Y aunque el mal lo adulaba a diario,
El corazón del padrecito era un corazón bueno.

Volvieron a pasar los años,
Llegó el tiempo del trueno
Y sus amados salvadoreños
Vivían en un eterno infierno.

No era el padre un sordo
Y mucho menos un ciego,
Para no sentir el fuego,
Para no oler el odio.

Fue así que el padrecito
Se olvidó de todo el oro,
Tornó en peregrino su coro
Y a su pueblo se entregó en serio.

No podía haber ofensa más alta,
Ni desprecio más bajo,
Para la ralea más alta,
Para los villanos más bajos.

Fue así “Padrecito Romero”
Como el supremo llamó,
Y entre tiros, sangre y clamor,
El padrecito del pueblo, al recuerdo entró.

Hoy mi canto supremo
No es por el monseñor del clero,
Hoy mi canto es al sueño
Que me enseñó a vivir, el “PADRE ARNULFO ROMERO”.

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